En la altiplanicie boliviana, donde el viento sopla fuerte y la tierra parece árida, crece uno de los alimentos más completos del planeta: la quinua. Conocida por nuestros ancestros como la chisaya mama o “madre de todos los granos”, este pseudocereal ha sido redescubierto por la ciencia nutricional como una joya dietética indispensable para una alimentación equilibrada.
La quinua contiene los nueve aminoácidos esenciales que el cuerpo humano no puede producir por sí solo, lo que la convierte en una proteína completa, ideal para personas que han reducido su consumo de carne. Rica en fibra, hierro, calcio y magnesio, su consumo regular ayuda a controlar el colesterol, mejorar la digestión y prevenir la anemia, una afección todavía presente en muchas regiones rurales de Bolivia.
Además de sus beneficios nutricionales, la quinua es versátil en la cocina. Desde sopas y guisos hasta panqueques y bebidas fermentadas como la “q’api”, su uso se ha extendido incluso a comedores escolares en municipios que apuestan por la soberanía alimentaria. Promover su cultivo y consumo también beneficia a las familias productoras del altiplano, especialmente en Potosí y Oruro.
Fomentar el regreso de la quinua a nuestras mesas no es solo un acto de salud, sino también de identidad. En tiempos de alimentos procesados y ultraprocesados, volver a mirar nuestros granos ancestrales puede ser la clave para una población más sana y orgullosa de sus raíces.

